El estrés cotidiano

Post trauma de la separación

Hay un reconocimiento generalizado de que algo nos pasa a los seres humanos, se dice que somos una sociedad neurótica, una sociedad traumatizada, y es que el trauma es una condición humana, todos en una u otra medida estamos traumatizados,

vivimos con ciertos síntomas derivados de la experiencia traumática y padecemos de eso que se define como estrés postraumático.
Tanto en la ciencia, como en la filosofía o las distintas religiones, contemplan que el hecho de ser humano implica algún grado de conflicto interno.

Lo cierto es que es difícil para cualquiera encontrar la paz en este mundo. Tanto es así que cuando uno muere se dice “descanse en paz” y es que parece que ese es el momento en el que uno puede descansar, como si se tratase del retorno de una ardua batalla.

Si conocemos las consecuencias de una experiencia traumática podemos apreciar el paralelismo o la sombra del ontogénico trauma de la separación en cuanto a los síntomas y comportamientos que genera.

Parece como si todo trauma biológico fuera un reflejo densificado, una recapitulación que sigue una línea temática mediante la que simbolizo esa disociación en un mundo que he proyectado, en un mundo soñado.

El estrés postraumático biológico, genera síntomas muy densos, muy vinculados a trastornos en el sistema nervioso, los tejidos y la fisiología corporal, con un grado de constricción y aislamiento muy somático, que densifica en gran medida los límites corporales.

El estrés postraumático ontológico densifica las fronteras del individuo en otro nivel, justo en el nivel en el que se siente separado, algo aparte y, la frontera se establece en su cuerpo energético, donde se define como entidad separada.

Aunque en el humano común estas circunstancias no son aparentemente lo mismo que las que aparecen después de un trauma biológico, el estrés post trauma de la separación o herida original, marca las pautas con las que se caracterizan los síntomas y comportamientos del humano aparentemente sano y son semejantes a las de aquél.

He sobrevivido a la experiencia de la separación,
pero he sobrevivido a medias.
Las secuelas que quedan de esta aventura son de por sí evidentes,

estoy vivo, pero con “efectos secundarios”. 

En primer lugar, está la disociación del cuerpo, en el que sus partes se fragmentan, se separan unas de otras y el suceso se desvincula de la emoción, ésta de la narrativa y a su vez, las sensaciones corporales no están en sintonía con lo que se siente y lo que se piensa. La unidad del cuerpo-mente está deslavazada y también los órganos, sistemas orgánicos o zonas corporales suelen estar disociados en las personas con trauma, e incluso sin trauma conocido.

Lo que acabo de narrar es un síntoma del trauma biológico, la disociación del cuerpo por las causas nombradas, pero en el nivel ontológico nos encontramos con el mismo síntoma, el mismo desgarro, pero esta vez no es la disociación de aspectos psico-corporales entre sí, o la disociación de una unidad orgánica o funcional, sino la disociación de esta identidad humana separada de la Unidad, la división en aparentes fragmentos o individualidades que en realidad forman parte de un Todo indiviso.

En este caso no hay partes disociadas de nosotros, sino que es nuestra aparente individualidad la que está disociada de algo mayor a lo que pertenece.

La hiperexcitación es otro de los síntomas, un estado de hiperactividad y alerta permanente ante un inminente peligro. El pensamiento inconsciente compulsivo es una señal inequívoca de esta alerta, una actividad promovida por el miedo a que la totalidad de la que nos creemos traumáticamente separados nos pueda “atacar”, absorber y diluir nuestra “preciada” individualidad.

La actividad mental en la que recreamos recuerdos, disputas, razones, proyectos, etc., mantienen activa la existencia de la identidad que creemos ser, es la que le imprime un sentido, si ésta cesara, esa identidad se desvanecería.

La constricción delimita las fronteras del cuerpo donde aparentemente estoy confinado, también forma parte de las defensas que nos hemos creado, de la armadura corporal que nos mantiene separados. A su vez, fortalecer la estructura es un intento de mantener a raya el sentimiento de vulnerabilidad que evidentemente subyace de manera más o menos inconsciente.

Un mundo sin significado engendra temor.
El reconocimiento de esa falta de significado
 produce una aguda ansiedad

en todos los que se perciben como separados.    
Víctor Frank

Acercarse al vórtice traumático puede llevar a la inmovilización. Esta parálisis o congelación se debe al miedo que se experimenta al aproximarse a la herida original, al “origen” del estado de separación, a la cercanía de reconocerse en Unidad.

El terror a abandonar la identificación con una existencia separada provoca estos estados o síntomas en las personas aparentemente sanas, y se experimentan de manera velada en la aproximación de las relaciones interpersonales, cuando estas se aproximan a la fusión. Lo que ocasionalmente, por ausencia de juicios, puede resultar una experiencia de éxtasis, cuando lo hacemos a través de los filtros y corazas del ego nos puede dejar literalmente paralizados.

Es el miedo al Amor que es miedo a la Unión,
pues éste fundiría nuestra aparente individualidad.

El problema es solo uno, y todos los síntomas se constituyen como mecanismos de defensa que aparentemente nos “protegen” 

Las “modificaciones” de conducta, en el supuesto de que existieran conductas sanas también siguen las mismas pautas.

La evitación, uno de los comportamientos mediante los que se intenta no enfrentarse con situaciones que nos acercan al núcleo traumático, la encontramos en todos los hábitos, las adicciones o las distracciones. El tabaco, la bebida, la tele, la comida, el móvil y hasta actividades tan loables como el trabajo o irse a correr pueden cumplir con esta función.

También el pensamiento nos aleja de sentirnos, de mirar hacia adentro y ver la brecha que nos separa de la Unidad. La frontera donde nos encontramos con el sentimiento de soledad, del vacío existencial, donde reconocemos que esa separación no es real.  

Representamos la separación en las mil y una modalidades que tenemos para recrearlo en los sentimientos que nos apartan de los demás. Lo que creemos que proviene del otro como la humillación, el rechazo, el ninguneo, el maltrato, el odio. Y también en cómo me siento respecto al otro: culpable, enfadado, resentido, celoso, envidioso, herido, victima.
Son, todas ellas, situaciones en las que representamos mediante un velo, motivos psico-afectivos, nuestra condición separada.

La repetición del evento traumático es otro de los comportamientos derivados del trauma. Ansiamos la plenitud y la simbolizamos tratando de llenarnos con cosas, conquistando territorios, tratando de poseer más poder, sexo, inteligencia, belleza. De hecho, en el fondo sabemos que somos plenos, pero en nuestra ceguera buscamos esa plenitud en nuestra aparente individualidad.

Recreamos la separación original desvinculándonos de nuestra madre en el nacimiento, en cada cambio vital en el que adquirimos más independencia y autonomía, en el cambio de casa, de pareja, de trabajo, trayendo hijos al mundo.
Repetimos, en la densidad de la forma soñada, nuestro trauma original.

Estas conductas son productos de la proyección (en otro artículo), donde se vuelcan al entorno los temores y las fantasías que son generadas por la experiencia traumática.

                                                                                           Rafael Martiz

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