Cuando la espiritualidad se convierte en huida

Si en el artículo anterior planteábamos que el cuerpo necesita volverse habitable antes de hablar de desidentificación, aquí aparece otra cuestión, y es que para muchas personas, la espiritualidad funciona como una forma de salvamento.

No necesariamente como un movimiento hacia la verdad, sino como una manera de no encarnar. Como elegir un cierto grado de disociación antes que enfrentarse a lo doloroso que puede ser bajar a la tierra y habitar el cuerpo.

He visto personas con determinadas psicosis para quienes la meditación era “lo más”. Y quizá lo era porque les llevaba a un estado en el que no tenían que conectar con el cuerpo, sino más bien alejarse de él. No porque la meditación sea negativa en sí misma, sino porque, en ciertos casos, puede convertirse en un refugio.

Cuando la experiencia corporal ha estado marcada por trauma, desregulación, miedo o soledad, “bajar a la tierra” no se vive como encarnación, sino como exposición. Y ante la exposición, el sistema nervioso hace lo que sabe: protegerse. La mente, las ideas elevadas, los estados expansivos o ciertas prácticas espirituales pueden convertirse en salidas elegantes —y aceptadas en determinados ámbitos— de algo que resulta insoportable de habitar.

En ese sentido, la espiritualidad puede operar como una tabla de flotación. No como iluminación, sino como alivio. Algo que permite mantenerse a flote sin tener que tocar el fondo. Y tocar el fondo, para muchas personas, no es despertar; es miedo, dolor, sensaciones que una vez no pudieron ser sostenidas.

Algo parecido ocurre con ciertas narrativas espirituales que escuchamos con frecuencia: “yo no quería venir aquí”. Formulada así, parece una historia metafísica sobre decisiones del alma antes de la encarnación. Pero, si se escucha con oído terapéutico, muchas veces suena más a presente que a pasado. No tanto “no quise”, sino “no quiero estar aquí ahora”. No quiero sentir esto. No quiero atravesar esta densidad emocional.

No es rechazo a la vida en abstracto. Es rechazo a la experiencia encarnada tal como se vive.

Y sí, quedarse en la cabeza —o en lo espiritual, o en lo transpersonal— suele ser menos doloroso que descender al terreno de las sensaciones primarias: la vergüenza, el miedo, la rabia o la tristeza. Cuando el cuerpo guarda memorias que nunca fueron acompañadas, encarnar puede ser duro.

Por eso, el problema no es la espiritualidad. El problema es el orden.

Cuando la espiritualidad aparece antes de que el cuerpo sea habitable, puede convertirse en una forma refinada de evitación. No consciente ni cínica, sino profundamente humana. Una inteligencia defensiva que busca alivio donde puede.

En muchos casos, esa espiritualidad fue una muleta necesaria. Quitarla sin ofrecer suelo sería cruel.

La cuestión no es desmontar la huida, sino hacer posible el regreso.

Y el regreso no se impone. Es una invitación. Solo cuando el cuerpo empieza a sentirse acompañado, regulado y no exigido, la consciencia deja de necesitar irse tan lejos para estar a salvo. Entonces, la espiritualidad puede dejar de ser salvamento y convertirse en encarnación consciente.

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