Durante mucho tiempo se ha hablado del cuerpo como si fuera un obstáculo en el camino del despertar. Algo que pesa, que arrastra historia, que repite patrones, que nos mantiene
atrapados en lo biográfico. Desde esta mirada, la consciencia aparece como algo que debería liberarse del cuerpo, trascenderlo o, al menos, no tomárselo demasiado en serio.
Sin embargo, cuando se mira más de cerca —desde la experiencia clínica, desde el acompañamiento real a personas adultas— esta idea empieza a resquebrajarse. No porque el cuerpo sea la consciencia, ni porque contenga en sí mismo ninguna verdad última, sino porque es precisamente el cuerpo con lo que nos identificamos. No con las ideas o las creencias, sino con la vivencia corporal inmediata, con la contracción, el miedo, la defensa, la tensión que se repite sin que sepamos muy bien por qué.
El cuerpo no es el problema. El problema es que, para muchas personas, el cuerpo no es un lugar habitable.
Cuando un niño crece sin suficiente sostén, sin regulación, sin un entorno que acoja su experiencia emocional y corporal, el cuerpo deja de sentirse como hogar. Se convierte en un lugar imprevisible, doloroso o directamente peligroso. En ese contexto, aprender a “no estar del todo” no es un fallo, es una solución brillante. Una estrategia de supervivencia.
Si estar duele, retirarse es lo inteligente.
Por eso, en la vida adulta, ocurre una paradoja que a menudo se malinterpreta. Muchas personas están profundamente identificadas con su cuerpo —con sus síntomas, con su ansiedad, con su forma de reaccionar— y, al mismo tiempo, están desconectadas de él.
No lo habitan. No lo sienten como un lugar posible. Pensar el cuerpo no es habitarlo. Analizarlo tampoco. Incluso trabajarlo puede ser una forma sofisticada de mantenerse a distancia.
Desde aquí se entiende por qué ciertos discursos de desidentificación, aunque verdaderos en un plano profundo, resultan prematuros o incluso dañinos en determinados momentos del proceso terapéutico. Decirle a alguien que “no es su cuerpo” cuando su cuerpo nunca fue un lugar seguro puede reforzar la huida original. No porque la frase sea falsa, sino porque llega antes de tiempo.
Antes de poder soltar la identificación, tiene que haber algo a lo que volver. Antes de poder trascender el vehículo, el vehículo tiene que haber sido habitado.
Y aquí aparece una comprensión distinta, más encarnada, el cuerpo no es el destino del despertar, pero sí es su punto de apoyo. Como una palanca. Sin suelo, no hay palanca. Sin apoyo, no hay movimiento real. La consciencia no se encarna plenamente en un cuerpo que se siente solo.
La terapia, entonces, no consiste en empujar a la persona a “estar más en el cuerpo”, ni en forzar la sensación, ni en atravesar el dolor a toda costa. Consiste en crear las condiciones para que el cuerpo deje de ser un campo de batalla y empiece, poco a poco, a sentirse como un lugar posible. Un lugar al que se puede entrar y salir. Un lugar donde estar no es una exigencia, sino una opción.
Cuando eso ocurre —aunque sea de forma fragmentaria, intermitente, incompleta— algo cambia de manera silenciosa pero profunda. El cuerpo deja de ser únicamente el lugar del condicionamiento y empieza a convertirse en la palanca desde la que el condicionamiento puede ser visto. No eliminado, no corregido, sino reconocido como experiencia.
Y es solo entonces, cuando el cuerpo ya no necesita ser evitado, cuando la consciencia puede reconocerse sin utilizar el cuerpo como vía de escape. No despertamos a pesar del cuerpo. Despertamos apoyándonos en él.
No porque el cuerpo sea lo que somos, sino porque es el suelo desde el que podemos dejar de confundirnos.
¡Qué necesario recordar lo que dices sobre nuestra relación con este «viejo amigo»!
¡Muchas gracias!
Muy buen matiz!!! Qué necesaria es esta aclaración y qué bien expresada.
Muchas gracias!
Un abrazo