LA TERAPIA ORIENTADA AL TERAPEUTA
Hace algunos años, mi práctica de Biodinámica se profundizó de manera significativa al comenzar a leer y practicar Un Curso de Milagros. Como mencioné anteriormente, en ese libro encontré el
fundamento de muchos conceptos que ya se tocan en la Biodinámica, pero con un significado más amplio, más profundo. Conceptos como “hacerse a un lado” o “confiar en la marea” cobraron un nuevo sentido. A ellos se sumaron otros, como “dar y recibir es lo mismo” o la «inversión entre causa y efecto«. Todo esto hizo que mi atención comenzara a dirigirse con más claridad hacia mis propios conflictos. Comprendí que yo era, en realidad, mi mejor cliente. Y además, uno que tenía bastante cerca.
Recuerdo que, hace muchos años, cuando apenas comenzaba a estudiar terapia, alguien me pidió que eligiera una de esas cartas de ángeles que traen pequeñas frases o mensajes. El mensaje que me tocó decía: “Tú sanarás”. Me quedé perplejo. En ese momento, yo estudiaba terapia con la intención de sanar a otros, no me consideraba enfermo ni necesitado de sanación. Pero con el tiempo fui entendiendo algo más profundo: tanto el sentido de la terapia como el deseo que mueve, muchas veces inconscientemente, a quien decide ser terapeuta. En el fondo, lo que busca es sanar(se). Y no se trata de egoísmo, ni de olvido del otro. Todo lo contrario. Porque el cliente que se presenta frente a ti es, de alguna manera, parte de ti mismo. De hecho, somos lo mismo.
La aceptación de uno mismo, de lo que uno es, no es una cuestión intelectual. No es una decisión racional en la que simplemente se dice:
“A partir de ahora me acepto tal como soy”. No funciona así. Constantemente, por causas que ya hemos mencionado, surgen en la mente memorias que activan emociones, sentimientos, que nos arrastran a determinados estados anímicos. La única forma de aceptarse verdaderamente es mirarse con los ojos de la consciencia, no con los ojos del ego. Y la única herramienta real que tenemos es esa mirada sin juicio.
A medida que esta práctica se va integrando, uno empieza a asentarse cada vez más en esa forma de estar y de percibir que no se enreda con los pensamientos. Ves lo que surge en la mente, y si no lo juzgas, simplemente cae, desaparece.
La mente, en su base, siempre está en lucha. Lucha por el sentimiento de estar separada, lucha por sostener el drama que vive. Y en esa lucha necesita culpables. Entonces, una de dos: o el culpable está afuera, o el culpable soy yo. Así la mente alterna. A veces proyecta la culpa hacia el mundo, hacia los otros, y otras veces la dirige hacia dentro. Pero ese “yo” al que señala no es el Ser, es el ego mismo, la identidad que uno cree ser.
Una constelación permanente
Es conocido en muchas terapias cómo los niños, a través del juego, recrean sus historias, sus memorias, lo que han vivido. En la terapia de Constelaciones familiares, esto se vuelve evidente: se representan en el mundo externo, y en otras personas, sentimientos hacia seres que ya no están. Se proyectan afectos en figuras desconocidas. En objetos, como los muñecos, se recrea lo mismo: el entorno familiar, el entorno social más amplio, y la vivencia personal frente a ello.
Proyectar es, en el fondo, como hacer una película del contenido interno, en la que se colocan situaciones históricas y sentimientos que forman parte de nuestra propia historia. En todos estos juegos y terapias, lo que hago es representar las historias que me han marcado. Muchas veces lo hago sin darme cuenta; es inconsciente. Y esa es justamente la cuestión: el inconsciente se plasma en el exterior.
Este mecanismo tiene un alcance enorme. En la Terapia Perinatal, por ejemplo, se recrea la vivencia dentro del útero. Así como lo hacemos en el juego o en la terapia, también estamos continuamente recreando nuestra experiencia interna en la vida cotidiana. Adjudicamos afectos, emociones y significados al entorno, y a las personas con las que interactuamos. Por eso, lo que estoy viendo o viviendo no es exactamente “la realidad”, sino una representación de mi mundo interno.
Ahí surge el conflicto. Cuando vivo situaciones difíciles, distópicas, o problemas con otros, puede que en realidad esté proyectando en ellos un contenido interno inconsciente que estoy viendo fuera de mí.
Como dice Un Curso de Milagros:
“Nunca estás enfadado por la razón que crees.”
Esto señala que el enfado no está causado por lo que ocurre fuera, sino que el enfado ya estaba dentro. Yo me sentía abandonado, abusado o menospreciado, y ese sentimiento se activa al ver algo fuera que me lo evoca. Pero el detonante externo puede no tener nada que ver. Es como si necesitara encontrar un escenario donde representar esa emoción contenida. De ahí otra enseñanza del Curso: la «inversión de causa y efecto».
“La causa no es lo que ocurre fuera que me hace sentir mal; la causa es que ya estoy mal, y proyecto ese malestar fuera.”
Así, el efecto es el mundo que veo. Recreo escenarios y personajes que encajan con ese dolor inconsciente que no reconozco como mío. Y es tan inconsciente que muchas veces no tiene origen en mi biografía, ni siquiera en mis antepasados. El origen es más profundo, más antiguo: está en la propia existencia. Es el trauma ontológico: la sensación de estar separado.
La terapia orientada hacia uno mismo
Si el mundo externo surge de nuestro mundo interno, como queda reflejado por la línea temática de Grof, entonces esa línea —abandono, maltrato, no reconocimiento, etc.— se va a recrear una y otra vez en la vida cotidiana. Puede que una situación termine, una persona se aleje, y con ello la proyección se calme… pero el contenido interno sigue ahí. La sensación de abandono no se disuelve porque algo cambie afuera.
Entonces la historia se repite. Aparecen nuevos escenarios, nuevas personas, pero el mismo sentimiento: me vuelvo a sentir rechazado, abandonado, no visto. Esta es la línea temática: el sentimiento de fondo a través del cual vivo la separación de la Fuente. Por ejemplo, si me siento rechazado, también puedo sentirme enfadado por ello, como si la Unidad me hubiera hecho eso, como si Dios me lo hubiese hecho a mí. Ese enfado lo proyecto en personas, eventos, situaciones.
A veces, el enfado se vuelve hacia mí. Y entonces aparece la culpa: “No soy lo suficientemente bueno”, “No he sabido hacerlo bien”, “No valgo”. El enfado hacia mí se convierte en autorreproche. Así, culpa y enfado se alternan. Cuando me siento muy culpable, busco afuera un enemigo donde colocar esa culpa. Y me enfado con él. Después, el enfado externo regresa hacia dentro, y vuelve la culpa.
A veces sentimos que el rechazo parte de los otros hacia nosotros, o de nosotros hacia los otros. Pero, en realidad, siempre se trata de nosotros mismos. No hay “otros”. Esta afirmación, desde los ojos del ego, puede aumentar la culpa: “Entonces todo es culpa mía”. Pero no es así. Desde la perspectiva de la consciencia, no hay ni ataque ni culpa. Esto solo puede sentirse desde la inconsciencia de la separación.
El juego simbólico del trauma
Todo este relato es una manera de darle voz a algo que nos ocurre constantemente, aunque no seamos del todo conscientes. En el fondo de todo está el miedo. El miedo básico que acompaña a la separación. Me siento separado, y por eso indefenso. Es como haber sido expulsado del paraíso y abandonado a mi suerte.
Este relato metafísico puede parecer lejano, pero basta mirar con atención nuestras dinámicas cotidianas para darnos cuenta de que estamos participando continuamente en este juego: representamos nuestra experiencia interna como un niño que juega con sus juguetes, simbolizando así la experiencia de separación en nuestra existencia.
Desde la psicología ya sabemos que los conflictos con papá o mamá —nuestros referentes principales— son los primeros destinatarios de nuestras proyecciones. Pero papá y mamá no son más que símbolos. Simbolizan la Unidad, la Fuente, ese algo que percibimos que nos ha rechazado o abandonado.

Cada persona tiene un foco diferente según la intensidad del dolor vivido en la separación. Algunas están siempre en guerra: buscan fuera la batalla que no quieren enfrentar dentro. Es preferible la guerra externa al infierno interno: el vacío, la ausencia, la culpa.
La dificultad de reconocer la proyección
Es bien difícil reconocer el fenómeno de la proyección. La idea de que todo lo que ocurre en el mundo es responsabilidad —no culpa— de uno mismo, de que fuera no hay nadie realmente, es algo muy difícil de asumir.
A veces decimos: “¡Pero si yo no me meto con nadie! Trato bien a la gente y no tengo problemas con nadie.” Pero la pregunta real no es esa. La pregunta es: ¿los quieres? Es decir, ¿los amas?
Porque la liberación del conflicto no depende solo de la ausencia de fricción externa, sino de la experiencia de unidad. Mientras sigas sintiendo o percibiendo a ese otro como un otro, mientras no sientas que tu identidad es la conciencia misma, y veas a los demás como entidades separadas, habrá tensión. Puede que no se generen problemas explícitos, pero puede haber un rechazo sutil en forma de indiferencia, de negación, de simplemente ignorar al otro.
La sanación, en este sentido, tiene que ver con la integración. Con incluirlo todo. Con ver la esencia que anima al otro, al universo, a uno mismo. Ese fondo común es lo que somos. Es esa esencia compartida la que revela que, en lo profundo, no hay separación.
No todo es personal, pero todo es camino
Y no se trata solo de lo que hago o lo que me hacen. A veces, en la vida, llegan turbulencias grandes: pérdidas, enfermedades, situaciones colectivas que no parecen tener un origen claro ni en uno mismo ni en otro. No son relaciones de pares, sino dinámicas sociales o humanas más amplias.
Y también eso es parte del camino. También eso forma parte de la experiencia de ser humano y sentirse separado para, justamente, poder sanar esa percepción y reconocerse como conciencia, como unidad.
La responsabilidad en el camino
El Curso —o cualquier camino profundo de sanación— requiere que uno se haga responsable de sí mismo. Y muchas veces esto no es lo que se quiere oír. Muchas personas lo que desean es ganar dinero, pasarlo bien, estar tranquilos. Lo que se puede escuchar aquí no siempre es bienvenido.
Porque lo que solemos querer cuando buscamos sanación es que nos quiten el malestar de encima. Pero a veces se hace duro escuchar que ese malestar no está ahí para fastidiarnos, ni está ahí porque sí. Está cumpliendo una función. Y no hay nada en nuestra experiencia que no tenga un sentido profundo, aunque no lo comprendamos de inmediato.
Eso sí: ese sentido no siempre se alinea con lo que entendemos por “nuestro bien”. Porque el verdadero provecho de las experiencias difíciles no es solamente pasarlo bien. El verdadero beneficio es que apuntan, con precisión quirúrgica, a deshacer lo que no somos, para descubrir lo que sí somos. Nuestra verdadera esencia.
A nadie le gusta escuchar que el sufrimiento tiene sentido. Pero la cuestión no es si vamos a sufrir o no —porque lo haremos— sino cómo vamos a atravesarlo. Porque lo vamos a atravesar de todas formas: todos vamos a perder seres queridos, todos vamos a vivir momentos de angustia, y todos vamos a dejar el cuerpo algún día. Entonces, lo interesante es esto: primero, darnos cuenta de que hay un sentido, lo cual ya alivia algo, y segundo, saber qué hacer cuando nos vemos atrapados o desbordados por lo que ocurre.
La experiencia como maestra
Aprender a trabajar en nosotros mismos es lo que nos dará las herramientas para acompañar a otros. Acompañar desde la verdad, no desde la teoría. Porque es muy difícil acompañar en ciertas circunstancias si uno mismo no ha atravesado ese terreno.
¿Cómo acompañar un duelo si nunca has llorado una pérdida?
Por eso, la experiencia es la gran maestra. No para endurecerse, sino para volverse real. Para poder estar presente con otros cuando todo tiembla, sin tener que decir demasiado, pero sabiendo —desde adentro— lo que se siente y lo que sostiene.
Sanar el pasado

El pasado, o más bien las memorias del pasado, no se encuentran solo en el recuerdo consciente. No están en la historia que podemos contar. Están en la memoria implícita: en lo celular, en lo somático. El pasado inconsciente se expresa a través de la sensación sentida.
Sí, podemos recordar ciertos eventos. Pero el dolor contenido en ellos no está en el recuerdo, sino en el cuerpo. No se trata de hacer una arqueología mental de nuestra vida, sino de atender a esas burbujas de memoria que emergen en el presente, cuando estamos listos para verlas.
Estas memorias vienen en forma de sensaciones. A veces de imágenes. A veces como proyecciones, donde lo que vivimos ahora no es más que una repetición disfrazada de lo que quedó sin resolver. Por eso, seguir ese hilo temático hacia atrás es un camino de regreso al origen de la herida.
Sea cual sea la forma en que esa memoria aparece, el acceso siempre es la sensación. La profundidad emocional, corporal. Y así, sanar el pasado no tiene fin, porque no se trata de un listado de eventos, sino de un proceso de integración constante.
Podemos ir hacia la infancia, hacia la relación con los padres, hacia la memoria perinatal… pero al final, ya sabemos: el dolor original está en la separación. Y la sensación sentida será siempre el portal más directo para sanar.
¿Qué sostiene la separación?
La separación es un hecho solo desde el punto de vista de la experiencia humana. Pero, en realidad, no es más que una percepción. Un modo de ver. No nos hemos separado, pero lo creemos. Y, como lo creemos, lo vivimos.
¿Qué sostiene esa percepción? ¿Por qué seguimos creyendo en ella si no es real?
Lo que la sostiene es el miedo. Pero no un miedo cualquiera, sino un miedo arcaico, primario, que nace del mismo instante en que nos identificamos con un cuerpo y un yo separado. Ese miedo es tan profundo que preferimos no sentirlo. Y, para no sentirlo, fabricamos una red inmensa de mecanismos: historias, relaciones, pensamientos, distracciones. Todos ellos diseñados para que no tengamos que mirar ese vacío interno.
A ese vacío se le teme tanto que preferimos una vida de lucha, de conflicto o de sufrimiento, antes que sentirlo de frente. Preferimos tener razón. Preferimos creer que el otro nos hace algo, que el mundo es injusto, que la vida es dura. Porque si soltamos todo eso, si dejamos de proyectar, si miramos hacia dentro… aparece ese miedo. Ese no saber quién soy. Ese abismo que se abre cuando todo lo demás se cae.
Y sin embargo, ese mismo abismo es el umbral.
El umbral
Cuando se empieza a mirar hacia dentro y se deja de luchar con el afuera, uno se encuentra con ese miedo. Y lo primero que aparece es la tentación de volver atrás. De buscar una nueva historia, una nueva persona a quien culpar, una nueva causa externa que explique lo que siento. Pero si uno se mantiene, si se sostiene en ese no saber, en ese temblor interno… algo empieza a cambiar.
Ese es el umbral. El lugar donde se deshace el personaje, la identidad fabricada, el yo que cree saber quién es. Es un punto donde todo tiembla, donde no hay certezas, y donde puede aparecer un miedo muy profundo a morir. No a morir físicamente, sino a morir como identidad. A desaparecer como alguien. Ese alguien que ha sostenido mi vida hasta ahora, ese yo que tenía enemigos, que tenía heridas, que tenía razones, empieza a deshacerse.
Este umbral se cruza en silencio. No se cruza con ideas, ni con explicaciones. Solo se cruza con presencia. Con entrega. Y con una especie de confianza sin objeto. Como si, en el fondo, algo supiera que más allá de todo eso hay paz. No como idea, sino como experiencia.
(fragmento de mi próximo libro: «La aventura de Ser humano«) Rafael Martiz
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Por favor Rafael, avísame cuando salga tu libro!!!…. muchísimas gracias por este artículo tan completo y maravilloso!!!!….mi correo es: novolopezelena@gmail.com….graciñas!!!
Esperando el libro con muchas ganas. Gracias
Me ha encantado!✨