Despertar, dicho breve y rápido, es salir del sueño de lo que creemos ser y conectar con la naturaleza que realmente somos. Es reconocer la esencia profunda, la verdadera identidad.
No hay un único despertar, no es que estés dormido o despierto sin más. Para la mayoría, “No existe un interruptor que se enciende de golpe”. Se trata de una sucesión de despertares, cada uno señalando una mayor conexión con la consciencia que somos.
Por eso, todos vivimos a medias; medio despiertos, medio dormidos. ¿Y cómo sabes que estás despierto? Lo sabes porque tus acciones ya no están gobernadas por emociones negativas; no surgen del miedo, la culpa o el resentimiento. No son reacciones automáticas, sino respuestas conscientes. Y eso es lo que somos en esencia, consciencia.
En todo ser humano arde la llama de la consciencia plena. A veces se nubla más en unos que en otros, pero está siempre ahí. Ser consciente o estar presente —que es lo mismo— es nuestro estado natural por defecto.
Ese estado se parece al cauce de un río, fluye de manera espontánea, y solo se ve entorpecido por bloqueos que lo detienen, lo encharcan, lo hacen dejar de circular. La identidad con la que nos definimos es una construcción superpuesta sobre ese estado natural. Despertar plenamente es, sencillamente, permitirnos ser.
En este libro planteo la terapia —o lo que llamo terapia profunda— como una vía hacia el despertar. Porque se trata, justamente, de mirar de frente esos sentimientos negativos que condicionan nuestros actos. Eso que no somos, pero que hemos adquirido y a lo que nos vemos quedado apegados debido a experiencias pasadas. Esos sentimientos negativos son el origen del malestar, la enfermedad y el sufrimiento. En la medida en que vamos soltándolos y liberando el apego a ellos, somos más libres, más conscientes, más despiertos.
Muchas personas entienden el despertar como algo que podrá atenderse “cuando todo esté en orden”. Cuando la hipoteca esté pagada, cuando los hijos sean mayores, cuando el trabajo dé un respiro, cuando no haya problemas de salud ni responsabilidades apremiantes. Es decir, cuando no quede nada “más urgente” a lo que atender. Pero ese “cuando” rara vez llega, porque la vida se encarga de generar siempre nuevas circunstancias; si no es una preocupación, será otra, y el horizonte de la calma total nunca termina de cumplirse.
Detrás de esta espera hay una idea muy extendida, que primero hay que completar la historia personal —tener seguridad, bienestar, comodidades, experiencias— y solo después vendrá el momento de mirar hacia dentro. Se confunde así el crecimiento con la acumulación; más estabilidad, más viajes, más logros, más cosas de las que disfrutar. Y lo profundo queda postergado como un asunto para el final, como si fuese opcional o accesorio.
Sin embargo, lo esencial no se encuentra al terminar las etapas de la vida, sino en medio de ellas. No hay que esperar a que todo esté resuelto para volver la mirada hacia dentro, porque lo interno no está reñido con lo cotidiano, al contrario, se revela precisamente en medio de lo cotidiano. Criar a un hijo, pagar facturas, cuidar de los padres, sostener una relación… todo eso puede vivirse desde la identificación inconsciente o desde una presencia que despierta.
La vida, cuando nos empeñamos en posponer demasiado, suele traer un quiebre: una pérdida, una enfermedad, una crisis que interrumpe la programación y nos recuerda lo que se venía evitando. Es su forma de mostrarnos que lo espiritual no espera a que acabemos con lo humano, sino que atraviesa lo humano y lo ilumina.
Despertar no es retirarse de la vida para comprenderla, sino habitarla con otra mirada. No se trata de añadir algo nuevo, sino de ir soltando lo que nos separa de lo que ya somos. Este camino —profundo, humano y cotidiano— es el que exploro con más amplitud en Vivir en Consciencia, un libro que nace precisamente de esta comprensión, que lo esencial no llega al final del recorrido, sino que se revela mientras caminamos.
Este texto es un adelanto del libro Vivir en Consciencia, que verá la luz próximamente y profundiza en este camino de despertar encarnado, humano y real.