Yo diría que la consciencia es ese testigo silencioso que está en el fondo de todo lo que pensamos, sentimos o percibimos.
No tiene atributos propios, no tiene forma, no tiene historia. No es alguien ni algo.
En realidad, es nada.
Una especie de nada presente, no en el sentido del vacío o la ausencia, sino como pura presencia. No ve en un sentido visual, sino que es consciencia de ser, … mientras hay un cuerpo, mientras hay un vehículo a través del cual la vida se expresa.
A veces parece que la consciencia tenga atributos como la paz, pero eso es una interpretación nuestra. La paz no es algo que la consciencia produzca; es simplemente la ausencia de lucha, de fricción, de resistencia.
Y como la consciencia no se opone a nada —porque no es nada—, la paz es inherente a ella.
Algo parecido ocurre con lo que llamamos amor. No el amor emocional, ni el amor condicionado, sino ese amor que sentimos como apertura, como ausencia de frontera. Cuando no hay un “yo” defendiendo nada, aparece la experiencia de unidad, de expansión, de plenitud, de no separación. El organismo psicofísico lo traduce como amor incondicional.
También la dicha suele nombrarse como un atributo de la consciencia. No una alegría pasajera, sino una sensación profunda de que no hay nada que temer, nada que proteger, nada que alcanzar. La existencia simplemente es. Y cuando no hay conflicto con eso, la vivencia es de plenitud, de luminosidad, de una felicidad que no depende de nada.
No porque todo sea perfecto, sino porque no hay nadie peleándose con lo que es.
Decir que todo tiene un sentido es, en gran medida, una interpretación humana. Intuimos que algo está ocurriendo, algo interno, y tendemos a darle un significado, la idea de que hay una inteligencia superior, como si alguien estuviera manejando los hilos. Sin embargo, quizá no haya tal intención. Quizá solo haya una fuerza, una dinámica, una energía que sigue su curso.
Cuando decimos que todo tiene sentido, lo hacemos desde nuestra mirada humana. Podríamos compararlo, por ejemplo, con una ola que se levanta del mar. La ola parece dirigirse hacia algún lugar, cobra forma, fuerza, recorrido… y, poco a poco, va perdiendo impulso hasta volver al mar del que surgió. No hay un propósito oculto, es simplemente agua en movimiento.
En el ser humano ocurre algo parecido. Existe una intuición —podemos llamarla inteligencia inherente, o como queramos— que nos lleva a decir: todo tiene sentido, todo es para algo, todo es para bien. Y sí, en cierto modo es así, la ola vuelve al lugar de donde salió. No porque haya un plan, sino porque nunca dejó de ser agua.
De la misma manera, lo que llamamos consciencia —que en realidad solo existe mientras hay un organismo que la sostiene—, cuando ese organismo desaparece, no va a ningún sitio, se disuelve. Vuelve a la nada. Mientras tanto, la mente interpreta ese proceso como si el universo conspirara a su favor, como si todo empujara hacia una realización final, hacia un reencuentro con lo que somos, con la Fuente, con el océano del que hemos surgido y al que, inevitablemente, volvemos.