Decir que todo tiene un sentido es, en gran medida, una interpretación humana.
Intuimos que algo está ocurriendo, algo interno, y tendemos a darle un significado,
la idea de que hay una inteligencia superior, como si alguien estuviera manejando los hilos. Sin embargo, quizá no haya tal intención.
Quizá solo haya una fuerza, una dinámica, una energía que sigue su curso.
Cuando decimos que todo tiene sentido, lo hacemos desde nuestra mirada humana. Podríamos compararlo, por ejemplo, con una ola que se levanta del mar.
La ola parece dirigirse hacia algún lugar, cobra forma, fuerza, recorrido… y, poco a poco, va perdiendo impulso hasta volver al mar del que surgió.
No hay un propósito oculto, es simplemente agua en movimiento.
En el ser humano ocurre algo parecido. Existe una intuición —podemos llamarla inteligencia inherente, o como queramos— que nos lleva a decir: todo tiene sentido, todo es para algo, todo es para bien.
Y sí, en cierto modo es así, la ola vuelve al lugar de donde salió. No porque haya un plan, sino porque nunca dejó de ser agua.
De la misma manera, lo que llamamos consciencia —que en realidad solo existe mientras hay un organismo que la sostiene—, cuando ese organismo desaparece, no va a ningún sitio, se disuelve. Vuelve a la nada.
Mientras tanto, la mente interpreta ese proceso como si el universo conspirara a su favor, como si todo empujara hacia una realización final, hacia un reencuentro con lo que somos, con la Fuente, con el océano del que hemos surgido y al que, inevitablemente, volvemos.
… Y así es!